Sexo y Divinidad en la Polinesia

La comprensión real de la cultura polinésica ha sido muy lenta. Se han asumido los relatos, los dibujos e incluso las fotografías de los exploradores, navegantes, misioneros y otros visitantes de los siglos XVIII y XIX como reales y objetivas y raramente han sido cuestionadas. Los indígenas se representaban de acuerdo a un estereotipo, generalmente ataviados con los trajes nativos y determinados adornos que demostraban su exotismo. A las mujeres se les describía “cual una Venus desnuda ante los frigios”, opinión emitida por Bouganville respecto a las mujeres en Tahiti, que sirvió para subrayar la disponibilidad sexual y promiscuidad de las mujeres polinesias.

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Los objetivos de los primeros visitantes europeos de Rapa Nui, sin duda pueden haber sido, no sólo el aprovisionamiento de los barcos, sino que también el tráfico sexual con las mujeres nativas. Frecuentemente  leemos que las mujeres eran atractivas y amistosas y se ofrecían voluntariamente a los marineros (Arredondo 2000). Sin embargo,  una lectura cuidadosa de las crónicas de los holandeses (1722), de la expedición española en 1770, de Cook y  los naturalistas Johann y George Forster en 1774, permiten cuestionar estas afirmaciones.

Roggeven en 1772 recalca, que sólo dos o tres mujeres viejas se acercaron al barco,  y que ninguna mujer joven o niña lo hacía. El capitán Behrens, de la misma expedición, indica que mujeres viejas vestidas en telas rojas y blancas, se sentaron frente a ellos y se desnudaron, que eran alegres y amistosas. También relata que otras, les hacían señas para invitarlos a que se acercaran a las casas. Agüera e Infanzón (Mellén Blanco, 1986), oficial del barco “Santa Rosalía” relata que “insistentemente hacían demostraciones de lo que cada una podía ofrecer a un hombre.” En su opinión parecieran ser las viejas, las matronas de edad, las que siempre  acompañan y ofrecen a las mujeres jóvenes. Cook en 1774 observa pocas mujeres y que éstas eran mantenidas recluidas al interior de las casas y al cuidado de un hombre mayor. Con seguridad estas observaciones fueron influenciadas por los deseos y temores de los europeos y escritas con un lente occidental y no polinésico. La importancia de la reproducción de la vida, de la fecundidad y del simbolismo sexual en la sociedades polinésicas ancestrales era clara, y su manifestación, explícita. Se trataba de sociedades en las cuales  se estaba constantemente creando relaciones a partir de la práctica; en especial de la práctica sexual.  

Registros etnográficos polinésicos indican que los espíritus o deidades se relacionan físicamente con los seres humanos, sobre todo mediante las relaciones sexuales. La importancia del acto sexual era clave, siendo la representación misma de la regeneración de la naturaleza. El vínculo físico y sexual se posiciona como un acto vinculado a lo sagrado, donde lo divino y lo terrenal se unían para crear vida. El sexo es la forma de perpetuar la vida, tanto para los dioses como para las personas y muchas veces entre ambos. Una práctica común era la presentación forzada de niñas vírgenes que iban a contraer matrimonio con un alto jefe. En las danzas rituales, la primera fila estaba reservada para las jóvenes vírgenes. ¿Cuál fue la especial importancia de la virginidad en todos estos casos? Tiene que ver con el primer hijo. El primer hijo pertenecía a la comunidad. El primer hijo nacido de una mujer de alto rango en Tahiti se conoce como “matahiapo”, que significa nacido de debajo de la tela de corteza (mahute). El mahute como las plumas son la vestimenta de los dioses, e incluso un «camino» para que los dioses bajen a la tierra. También los objetos sagrados solían ser envueltos en mahute.

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En toda la Polinesia se sustenta la idea y la práctica de la teogamia, en la que físicamente una niña, sin necesariamente haber alcanzado la pubertad, es presentada en matrimonio a los extranjeros que llegan desde el horizonte –el lugar de los ancestros y residencia simbólica de las divinidades. Cook en Hawaii describe que: “en el preciso instante en que salté a tierra, todos se echaron de bruces y permanecieron en esta postura de acatamiento hasta que les hice señas de que se levantaran.” El hecho de haber llegado desde el horizonte y desde la dirección del atardecer asocia a los extranjeros con el Po, la oscuridad primordial. El color blanco es el color del sol y estos hombres blancos, poderosos en sus barcos con velas blancas, capaces de emitir fuego y ruidos de truenos como los dioses, fueron recibidos como la personificación de las divinidades, fueron símbolo de lo divino. En consecuencia los polinesios deseaban relacionarse con ellos a través de los poderes generativos que compartían. Desde este punto de vista, la cosmología polinésica exige la presencia de un ser de sexo femenino que todavía no había dado a luz, para crear un hijo con propiedades divinas.

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