Hena Naku

Hena Naku, el Dios de la Plumas, amaba mucho a Te Pito o te Henua, el Ombligo del Mundo, las aves marinas que estaban bajo su protección buscaban con preferencia los riscos rocosos que bordeaban la isla para anidar en ellos. Hena Naku estaba cubierto del cuello hasta los pies con plumas. Una brisa suave los mantenía en movimiento.

 Un día, un isleño llamado Tuhi Ira visitaba sus parcelas que se encontraban en los faldeos de Hanga O’ Teo (un volcán apagado). Ahí vio un ave enorme que volaba a su alrededor. Para su sorpresa ésta se acerca y se aposenta delante de él. Tuhi Ira vio que el pájaro tenía cara humana que lo observaba tranquilamente. Al recuperarse del susto, Tuhi Ira se le acerca y le pregunta: “¿Quién eres?”  El pájaro le contesta: “No temas, soy Hena Naku, el Dios de las Aves Marinas”, mostrándole su vestimenta de plumas y prometiéndole protección a aquellos que se visten con plumas. 

Anuncio Destacado

Anuncio Destacado

Desde aquel tiempo los hombres se adornan con las plumas de las aves marinas porque creían que Hena Naku los protegería de la muerte y de ser herido. También colocaban bellas plumas sobre los entierros o monumentos fúnebres de sus ancestros para que éstos les favorecieran y enterraban varas con plumas en las tierras cultivadas para asegurarse una buena cosecha. Asimismo las colocaban al costado de sus casas para protegerlos de los demonios.

Un día Hena Naku llega con su mujer Hina Haumara a Te Pito o te Henua. La mujer era un pez, que al tocar tierra, se transformaba en una bella mujer. Hina Haumara se acercaba siempre al clan de Tuhi Ira y les enseñaba a las mujeres la confección de vestimentas y coronas de plumas. Les enseñaba preparar  la corteza del Mahute para confeccionar las capas y los hami (taparrabo). También les mostraba como torcer cintas y cuerdas con su bello cabello y les indicaba como preparar las fibras del arbusto Hau-hau para lograr cuerdas firmes.

Un día, cuando Hina Haumara nadaba como pez en la orilla de la costa, fue agarrada por el anzuelo de un jóven. Al ver el bellísimo pez, éste se lo regala al Rey Tu’u Maheke, hijo de Hotu Matua, quién lo hizo preparar y se lo sirvió. Al informarse el Rey del origen del pez, Tu’u Maheke no se pudo acercar nunca más  al mar, tampoco nadar ni menos pescar. Tampoco a Hena Naku se le vio más en la isla.

Anuncios Destacados

Reportajes relacionados: