María Haoa

«Tuve una vida muy triste. Mi  madre, Estela Haoa, me abandonó al nacer. Ella tenía 17 años, cuando se embarazó. Me criaron mis abuelos, Adela Haoa e Isaias Fati,  a quienes consideré siempre como mis únicos padres.  Mi padre biológico nunca me reconoció. Me casé con Jorge Tepano, tenemos 7 hijos, 24 nietos y 7 bisnietos y este año cumplimos 52 años de matrimonio.” El esposo de María quedó ciego en un accidente. Él nunca le contó cómo sucedió; lo que le comentaron los compañeros de su marido, fue que tomó alcohol de quemar.  María Haoa, hoy de 72 años,  aprendió a escribir, leer, sumar y restar  a los veintitrés años y continúa hoy con la tradición de la artesanía rapanui que le enseñó su abuela Adela.  uve una vida muy triste. Mi  madre, Estela Haoa, me abandonó al nacer. Ella tenía 17 años, cuando se embarazó. Me criaron mis abuelos, Adela Haoa e Isaias Fati,  a quienes consideré siempre como mis únicos padres.  Mi padre biológico nunca me reconoció. Me casé con Jorge Tepano, tenemos 7 hijos, 24 nietos y 7 bisnietos y este año cumplimos 52 años de matrimonio.” El esposo de María quedó ciego en un accidente. Él nunca le contó cómo sucedió; lo que le comentaron los compañeros de su marido, fue que tomó alcohol de quemar.  María Haoa, hoy de 72 años,  aprendió a escribir, leer, sumar y restar  a los veintitrés años y continúa hoy con la tradición de la artesanía rapanui que le enseñó su abuela Adela.

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“Recuerdo que cuando pequeña vivíamos en Maunga Tangaroa (cerro las tres cruces) en una casa de piedra, con techo de pasto, muy simple, porque en ese tiempo no había nada, no teníamos ni ollas para cocinar. Cocinábamos sólo curantos. Mis abuelos en su terreno tenían pollos, chanchos y vacas, sacaban  la leche todos los días a las cuatro de la mañana y yo les ayudaba; con la leche que obteníamos hacíamos mantequilla y queso. Tarea nuestra era cuidar los animales, los llevábamos a Tahai a tomar agua y nosotros nos bañábamos en la playa hasta las ocho de la tarde, a esa hora debíamos regresar con los animales a la casa.” 

“A los 5 años comencé a ir al colegio. Todos los días caminaba de mi casa a la escuela, que era muy pequeña. Las clases eran impartidas en castellano y ninguno de nosotros lo hablaba ni menos  entendía. Para estudiar teníamos un libro, un cuaderno y un lápiz  para todo el año, me acuerdo que le  pedía a mi papá que me amarrará y colgara bien al cuello el lápiz, para no perderlo. Mi primera profesora fue Sor Margarita, muy buena ella, pero después  vinieron Sor Antonia  y  Sor Matilde,  muy malas esas monjas. Un día, tenía 11 o 12 años,  una de ellas me pegó con la huasca, porque me había arrancado a la playa. Yo  lloraba y gritaba de dolor y Petero Araki, quien se sentaba delante de mí,  en un acto de desesperación, le sacó el manto (hábito) de su cabeza y nos fuimos todos de la sala. Nunca más regresé al colegio.”

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“En ese tiempo no teníamos ropa, nos poníamos cualquier cosa para taparnos y recuerdo que me sentía bien, nunca me queje del frío, ni me enfermé e incluso dormíamos con esa misma ropa. Sólo al cumplir 12 años usé zapatos y eso fue porque mi padrino de bautismo, trabajaba en la pulpería de la Compañía que era la única tienda donde  se vendían productos como: azúcar, café, piezas de géneros.”

“Después del colegio me fui a trabajar con mi abuela a Vaitea, sacando las pelusas de la esquila. Eramos tres mujeres a cada lado y debíamos ser muy rápidas para limpiar. Después aprendí a sacar la lana grande que ponían en los mesones y al año siguiente me ascendieron, gané mucha plata con ese trabajo. Vivíamos allá, teníamos galpones para dormir, y los que querían podían quedar el fin de semana. Trabajé 3 años.”

Cuando María tenía 14 años fue violada por su marido. Señala con tristeza que nunca lo ha querido: “Él y mi papá verdadero eran amigos, ambos trabajaban en Vaitea como esquiladores. Tiempo después comenzamos a conversar, me pidió perdón, confesó que estaba enamorado de mí. Al principio yo no quería, le tenía miedo, pero después de 4 años, lo acepté.  Ya había cumplido 17 años cuando me embaracé y le dije: “Ahora quiero casarme”, no quería que mi guagua tuviera mi historia de abandono. Mi casamiento fue muy bonito, tiempos muy lindos. Antes los matrimonios eran una especie de “Tapati chiquitita”, donde todos cantaban y participaban.Cuando María tenía 14 años fue violada por su marido. Señala con tristeza que nunca lo ha querido: “Él y mi papá verdadero eran amigos, ambos trabajaban en Vaitea como esquiladores. Tiempo después comenzamos a conversar, me pidió perdón, confesó que estaba enamorado de mí. Al principio yo no quería, le tenía miedo, pero después de 4 años, lo acepté.  Ya había cumplido 17 años cuando me embaracé y le dije: “Ahora quiero casarme”, no quería que mi guagua tuviera mi historia de abandono. Mi casamiento fue muy bonito, tiempos muy lindos. Antes los matrimonios eran una especie de “Tapati chiquitita”, donde todos cantaban y participaban.

Mi primera hija, nació en el hospital y todo peti (bien). El segundo, también nació en el hospital, pero fue traumático, casi me morí. Después de la mala experiencia vivida en el hospital, mis otros cinco hijos nacieron en la casa, me dio miedo volver al hospital. En la casa me  ayudó mi esposo y mi mamá. Situaba un colchón en el suelo y me sentaba, mi mamá sujetaba mis piernas y mi esposo, por detrás, tomaba  mis hombros. Recuerdo que pujé tres veces y la guagua salio muy rápido, se fue debajo de la cama, fue tan divertido porque no encontrábamos la guagua hasta que lloró muy fuerte y  mi mamá cortó su ombligo con los dientes (ríe al contar la historia). Gracias a Dios todos mis hijos crecieron sanos.
Para mí, la vida de antes era buena y mala. Mala en el sentido que teníamos que ir al volcán Rano Kau a lavar la poca ropa que teníamos y a buscar agua para tomar. Recuerdo que partíamos a caballo o caminando, mayoritariamente mujeres. A pesar de no tener agua, siempre andábamos muy limpios con nuestra ropa blanca y nos preocupábamos de nuestra apariencia. Pero la vida también era  buena porque antes se compartía, todos nos respetábamos y siempre nos ayudábamos.

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