Clara Alarcón Pakarati

Retrato de una mujer nómade

Texto: Consuelo Martínez

A mi bisabuela Elizabeth Rangitaki la trajeron de Tahití: la Iglesia pagó treinta monedas de oro para casarla con mi bisabuelo, Nicolás Ure Potahe, un rapa nui al que se habían llevado de niño y formado como diácono en Papeete. Los unieron para hacer familia, porque tras el robo de la gente ya no quedaba casi nadie. Ella trajo de vuelta lo olvidado: la ropa de mahute, el kai kai. Sin ella, nada de eso existiría ahora. De esa sangre nací yo, en una cueva, y salí de ella a pata pelá a los dieciséis. Mi mundo era la piedra, los caballos, las mareas. Vivíamos como tribu, éramos nómades, moviéndonos entre Anakena y las cuevas cercanas a Rano Raraku según la marea. Uno no necesita tanto para vivir: un lugar donde dormir, un fuego grande, una olla grande. Eso teníamos.

Algunos de sus sobrinos en los anos 90 vistiendo Kahu Tupuna hechos por Clara 1 edited
Algunos de sus sobrinos vistiendo
kahu tupuna hechos por Clara

Mi mamá, María Esperanza, era la mayor de quince hermanas y la matriarca de la tribu. Ella y sus dos hermanas hacían el trabajo de hombre, mi abuelo les enseñó a pescar y hacer de todo. Trabajaba como un animal, lavando corales y haciendo collares de pipi, de eso comíamos. A mí no me dejaba hacer nada de eso: no quería que terminara como ella. Soñaba con que fuera secretaria, porque cuando llegaban los gobernadores traían una secretaria de tacos altos y uñas pintadas de rojo, sentada en esas maquinitas y para ella ese era el título más grande que podía tener una mujer. A mi papá verdadero casi no lo conocí: era primo de mi mamá y la Iglesia los separó, lo embarcaron en un buque chileno y se lo llevaron. Por eso me prohibieron el apellido que me tocaba, que es Teao.

A los cuatro años me adoptó un continental, Benito, un hombre que leía y sabía mucho. Se llevó a mis nueve hermanos también en un barco de la Armada. Nunca voy a olvidar a su madre abriendo la puerta en Santiago y viéndonos a todos negritos al lado de su hijo. «Me trajiste una india con toda la tribu», dijo. Y él, que estaba a mi lado, contestó: «Si mi familia no es bienvenida en esta casa, yo tampoco.» Entonces la señora lo abrazó y nos hizo pasar.

En el continente fui otra niña. Era la primera nieta de esa casa, un chiche que todos se pasaban de brazo en brazo. Me fui desnuda de la isla y de repente tenía ropa, zapatos, cariño. Benito trabajaba en Bata, y después vendía lo que tallaban mis hermanos. Viajábamos de exposición en exposición por todo Chile. Benito compró una casa en Macul y esa casa se llenó de rapa nui: llegaban familias enteras y dormíamos hasta noventa personas. La casa la usábamos de cueva y vivíamos afuera, con el fuego y la olla grande, como siempre.

Volví a la isla a los trece y había olvidado la vida aquí. El aeropuerto era un potrero y era como bajarse de una micro. Me llevaron a la cueva y me vino una depresión terrible. Mi mamá me quitó la ropa para repartirla con mis primas que no tenían nada. Miraba a mis tías lavar pipi todo el día y aprendía sin que nadie me enseñara.

A los diecisiete mi papá me metió a la Escuela de Suboficiales. En la instrucción nos tiraban al campo a sobrevivir con lo que hubiera: «ahí está el río, cómanse lo que encuentren», nos decían. Yo llevaba ventaja porque había ayudado tantas veces a mis hermanos a carnear animales. Vi unos cabritos allá arriba en un cerro y al tiro organicé al grupo. Me recibí de Cabo Segundo y trabajé en el Ministerio de Defensa, en la fiscalía militar y en el Instituto Geográfico Militar, también me mandaron a hacer la instrucción de los conscriptos. Estuve en eso hasta el año noventa.

Clara Alarcon Pakarati 1989 en Bretana aprendiendo a hacer crepes 1 edited
1989 en Bretaña, aprendiendo a hacer crêpes

A Patrice lo conocí siendo todavía militar. Era un francés que vino de paseo a la isla y estuvimos saliendo, hasta que me dijo: «¿Por qué no te venís? Nos casamos y nos vamos.» Pedí la renuncia y me fui a navegar con él. A los veinticuatro fui a la Antártica; a los treinta, a la Polinesia. Patrice era capitán de yate para una empresa americana: Mooring. A mí me contrataron, pero primero me mandaron a su escuela de gastronomía, porque tenía que cocinarles a los ricachones. Me prohibió hablar con polinesios seis meses para que aprendiera bien el francés, y así empecé a leer la historia de mi isla en francés. Fui tatamareti, en ATM, una empresa de yates fracneses y hacía las compras, las guardias, las maniobras. Recorrimos la Melanesia y la Micronesia, aprendí a esquiar y a hacer windsurf.

Una vez fuimos de vacaciones a Suiza. En un barco reconocieron a Patrice unas personas a las que les había hecho de guía y nos llevaron a su mansión. El dueño, presidente de un club de golf, nos invitó a una cena de gala tal cual andábamos. Entré con un pareu corto, una corona de flores de tela amarilla y una cartera polinesia; cuando aparecí, toda indígena, todo el mundo se levantó a mirarme. Creían que yo era una princesa de la Polinesia.

Ahora tengo sesenta y seis y estoy de vuelta. No tuve hijos, crié puros sobrinos. Me considero profesora de arte en mi propia universidad: pinto, dibujo, hago mahute, kai kai, diseño kahu tupuna. Trabajé un año con Cecrea y la ministra de cultura me contrató como artista. Hice talleres de dibujo, tallado y confección de trajes en La Ligua, Valparaíso. Armé un grupo de baile de niños. Tengo un libro en PDF, con las pinturas y su descripción en español e inglés, que quiero regalar a todos los niños de cuarto básico de Chile para que sepan quiénes somos.

De lo que sí me siento orgullosa es de cómo creció este pueblo desde 1888, cuando no éramos nadie: ahora la juventud sale profesional, hay médicos, dentistas, ingenieros, arquitectos. Somos ciento diez, casi todos familia mía; a los que dejé de ver chiquititos ahora me dicen «tía». En invierno recolecto conchitas, salgo a antorchar de noche y, cuando la marea está buena, me voy a pescar a las rocas. De la materia ya me deshice: regalé casi todo, no tengo nada. Cuando pesco hablo con Dios, y a veces peleo con él, porque conoce mi corazón. Le digo que ya cumplí una parte de mi vida y estoy satisfecha, pero siento que tengo mucho más por hacer.

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