Por: Eduardo A. Flores, Centro ESMOI, Universidad Católica del Norte.
Cuando pensamos en Rapa Nui, probablemente imaginamos sus moáis, sus volcanes, sus acantilados y el inmenso océano que la rodea. Desde la costa, el Pacífico parece una superficie interminable y desierta. Pero bajo ese azul aparentemente infinito existe otro paisaje: una gigantesca cordillera submarina, formada por montes, volcanes y elevaciones que se extienden durante miles de kilómetros.
Algunas de estas montañas nunca han visto la luz del sol. Se encuentran cientos de metros bajo la superficie y, aun así, pueden ser fundamentales para la vida que habita el océano profundo.
Una de las especies que nos está ayudando a descubrir esta historia es una curiosa langosta: Projasus bahamondei, conocida como langosta enana o langosta de Valparaíso, prima cercana de la langosta de Rapa Nui (Panulirus pascuensis) y la langosta de Juan Fernández (Jasus frontalis). Esta especie vive asociada a ambientes profundos, aproximadamente entre 150 y 600 metros de profundidad. Se ha encontrado en las cordilleras submarinas de Nazca, Salas & Gómez, y Juan Fernández, en las islas Desventuradas y también en montes submarinos aislados como O’Higgins y Solito.

Pero aquí comienza lo verdaderamente fascinante. ¿Cómo puede una especie que vive asociada al fondo marino habitar lugares que están separados por cientos o incluso miles de kilómetros de océano abierto? La respuesta está en una etapa de su vida que ocurre lejos del fondo: sus larvas.
Aunque todavía no conocemos con precisión cuánto tiempo permanece P. bahamondei como larva en el océano, las especies cercanas de la familia de los Palinuros pueden pasar varios meses, e incluso más de un año, en esta etapa. Para estudiar sus posibles viajes, nuestro trabajo consideró un período de entre nueve y doce meses. Durante este tiempo, las pequeñas larvas pueden ser transportadas por las corrientes oceánicas antes de encontrar un lugar adecuado donde asentarse.
Imaginemos entonces una larva recién nacida abandonando uno de estos montes submarinos. No tiene un mapa. No sabe dónde está Salas & Gómez, Juan Fernández o las Desventuradas. Tampoco puede decidir hacia dónde nadar durante cientos de kilómetros. Su viaje depende, en gran medida, de las corrientes.
Y las corrientes del Pacífico no son simples ríos que avanzan en línea recta.

El océano está lleno de enormes remolinos, conocidos como eddies o vórtices, que pueden alcanzar decenas de kilómetros de extensión. Algunos se desplazan lentamente hacia el oeste y pueden transportar masas de agua, calor, nutrientes y organismos a través del océano. Otros forman filamentos y corredores que estiran y desplazan las partículas que encuentran en su camino. En nuestro estudio observamos que estos procesos pueden funcionar como verdaderas “autopistas” para las larvas.
Así, lo que desde la superficie parece un océano vacío puede convertirse, para una pequeña larva, en un complejo sistema de carreteras invisibles.
Y aquí aparecen los montes submarinos. El sistema formado por las cordilleras de Salas & Gómez y Nazca se extiende por más de 4.000 kilómetros y conecta, bajo el océano, las islas Desventuradas con Rapa Nui. Junto con la cordillera de Juan Fernández, constituye una de las grandes estructuras geográficas del Pacífico Suroriental y sostiene ecosistemas con una biodiversidad extraordinaria, incluyendo numerosas especies endémicas.

Estos montes pueden actuar como “peldaños” o stepping stones. No significa que las larvas necesariamente vayan saltando de una montaña a otra como si caminaran sobre un puente. Significa que, en medio de enormes extensiones de océano, estos ambientes pueden ofrecer lugares donde las poblaciones se mantienen y desde donde nuevas generaciones pueden continuar su viaje.
Nuestro estudio permitió observar esta red de conexiones con un experimento virtual. Durante 16 años de condiciones oceanográficas, desde 2009 hasta 2024, simulamos el viaje de más de tres millones de partículas que representaban larvas de Projasus bahamondei.
El resultado fue sorprendente. Las poblaciones oceánicas estaban mucho más conectadas entre sí que con la costa continental. Entre los lugares estudiados destacaron especialmente la cordillera Salas & Gómez y el monte submarino Solito. Este último, ubicado aproximadamente 850 kilómetros frente a la costa de Chile, resultó ser particularmente importante: las larvas que partían desde allí alcanzaban distancias medianas cercanas a los 500 kilómetros y presentaban la mayor tasa de éxito de transporte del sistema estudiado.
Solito parece funcionar, por lo tanto, como una especie de estación en medio del océano: recibe larvas provenientes de otros lugares y, al mismo tiempo, puede convertirse en un punto de partida para nuevas generaciones. Pero la historia tiene un giro.

No todas las rutas son fáciles. El océano frente a Chile presenta una zona de transición caracterizada por una intensa actividad de remolinos y frentes que puede dificultar el paso desde la costa hacia mar abierto. De hecho, en nuestras simulaciones las partículas provenientes del continente recorrieron distancias mucho menores que aquellas originadas en los ambientes oceánicos. Mientras las primeras tuvieron desplazamientos medianos de apenas unas decenas de kilómetros, las provenientes de algunos montes submarinos llegaron a recorrer cientos de kilómetros.
Esto significa que la conexión entre ecosistemas no es igual en todas las direcciones. En el océano también existen fronteras invisibles.
Para nosotros, este descubrimiento cambia la manera de mirar lugares como Rapa Nui. La isla no puede entenderse solamente como un punto aislado en medio del Pacífico. Su entorno forma parte de una extensa red de ecosistemas oceánicos conectados por corrientes, montes submarinos y procesos que ocurren a cientos de metros de profundidad.
La pequeña langosta Projasus bahamondei nos cuenta justamente esa historia.
Su viaje demuestra que la conservación del océano tampoco puede limitarse a proteger lugares aislados. Si una población depende de larvas que llegan desde otro monte submarino situado a cientos de kilómetros más lejos, proteger solamente el lugar donde viven los adultos puede no ser suficiente. Para mantener la vida del océano necesitamos conservar también las rutas que la conectan.


Artículo basado en: Flores E.A., Gallardo M.A., Ramos M., Asorey C., Pizarro-Koch M., Hammond M., Tapia-Guerra J.M., Bravo L., Véliz D., Gaymer C.F., and Sellanes J. Unraveling connectivity pathways of the jagged lobster Projasus bahamondei: oceanic hubs and transport barriers in the Southeast Pacific. Progress in Oceanography 246 (2026) 103764.