El último adiós a Rosa: Un testimonio póstumo desde la memoria de su hijo Francisco

Por Consuelo Martínez

Llegó el mismo día del funeral, un sacerdote joven que Rosa había conocido en sus años de viajera devota. Tomó un avión solo para oficiar la misa y al día siguiente se fue. «La misa no parecía misa, parecía un stand comedy», recuerda su hijo: el cura contaba, uno tras otro, las anécdotas que había compartido con “una mujer de personalidad bien especial, bien dura, pero súper buena gente». La gente, entre lágrimas, se reía. Ella misma se adelantaba a cualquier elogio en vida: «yo no soy tesoro humano”, decía, y Francisco Haoa Hotus todavía la cita como si la escuchara. Fue la despedida más fiel para alguien que jamás toleró la solemnidad vacía.

Rosa nació el 30 de agosto de 1952, en la casa familiar cerca de la iglesia, fueron seis los hijos de Lázaro Hotus Ika y Lidia Tuki Make. Conoció el Rano Kau recién a los doce años, porque entonces el acceso estaba restringido. Años después llegaría a conocer Anakena y otros rincones de la isla. «Ella vivió la época cuando el pueblo era todavía un gueto», relata Francisco.

De su padre, Rosa heredó la admiración de toda una vida y también el temperamento. Lázaro tenía veintidós años cuando se escondió, junto a otros rapa nui, en la bodega de un barco de la Armada, entre tambores estuvo tres días sin comer, hasta que lo descubrieron. «Sin documentos en esa época no eran considerados ciudadanos y bajo sospecha de lepra, los primeros días en Valparaíso los pasó internado en observación; después vivió en un regimiento hasta que un hombre de Quilpué, Federico Felbermayer, empezó a ayudarlos. Cuando quisieron devolverlo, se escapó de nuevo. Mi abuelo siempre fue patiperro», relata hoy su nieto. Felbermayer, agrónomo y arqueólogo austriaco, quien fue uno de los fundadores de la Sociedad de Amigos de Isla de Pascua, una organización civil creada para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, entonces en situación de gran abandono estatal. Volvió en 1950 con los primeros panales de abejas de la isla: «suele atribuirse a los misioneros, pero las abejas las trajo él.»

Años después, cuando el explorador Thor Heyerdahl le preguntó si alguien conservaba el conocimiento antiguo para levantar los moái, Lázaro respondió que sí. «La técnica no era ningún secreto sagrado, sino pura palanca», la misma que había aprendido de obrero en Valparaíso. «Más que la historia de mi mamá, es una historia de resiliencia que empieza con mi abuelo y sigue en ella», resume Francisco.

Francisco tenía 10 años cuando empezó a pasar las tardes en el hospital donde trabajaba su padre. “A los hijos los llevaban a trabajar gratis, lavando platos. Yo soy de la familia del hospital. Me daba terror pasar frente a la morgue, pero también hubo dulzura: los bordes sobrantes de grandes bandejas de jalea para los enfermos, las películas en el auditorio. Era un tiempo bien feliz», cuenta Francisco.

En 1992, Rosa tenía 40 años cuando entró a trabajar en el hospital haciendo el aseo. “Cuando yo tenía 16 años llegó una enfermera al hospital a dar un curso de primeros auxilios, a mi madre le gustó y quiso profesionalizarse porque ese curso no la habilitaba para trabajar en el hospital. No tenía ni cuarto medio, pero ella quería surgir.» A los cuarenta y dos años se fue a estudiar técnico en enfermería al continente, contra la voluntad de su marido. «Quédate con los cabros chicos, yo me voy, le dijo. Vivía sola, arrendaba una pieza cerca del Van Buren, súper pobre, sin plata ni para una calculadora. No sabía leer bien, pero aprobó a punta de esfuerzo. Con su primer sueldo financió los estudios de Francisco, que por entonces vivía en el continente. De vuelta en la isla, sin cupo formal en el hospital, una mujer la tomó bajo su alero «Rosa, vente acá, yo te ayudo y te oriento”, recuerda Francisco.

En el hospital, Rosa fue escalando a fuerza de errores de principiante: «tu mamá para poner inyecciones era terrible», le decían, hasta volverse la persona a la que todos llamaban primero. No tenía, según Francisco, muchas habilidades blandas: retaba, exigía, decía las cosas de frente. Pero detrás de esa dureza había una generosidad casi clandestina. En el funeral, alguien se acercó a agradecerle algo que la familia no sabía: que Rosa sacaba salbutamol del hospital para dárselo a un niño asmático que no tenía cómo conseguirlo e iba a las casas a poner inyecciones fuera de horario.

Fue católica devota, “no faltaba nunca a un rezo o un funeral ajeno. No transaba a Dios», dice Francisco. Ese grupo la llevó a Pucón y a Italia. Ya jubilada se dedicó a reinventarse: hizo un taller de pintura, participaba en el Club de lectura y escritura Tātara ‘Ā’amu, hizo talleres de inglés y fotografía y hasta abrió una página de Facebook. “Escribía cuentos súper básicos, escritos con el mismo empeño de siempre. Eso es lo que destaco de ella, que no le importaba la opinión de los demás. Aunque se rieran, no transaba con eso», dice con orgullo Francisco.

Hasta sus últimos días seguía yendo a la parcela a juntar paltas y limones para venderlos a un costado de la farmacia. «Mi mamá va ahí porque le gusta», respondía Francisco a quien le sugería que ella requería ayuda. “Ella no trabajaba por necesidad, no quería quedarse sentada, le gustaba estar activa, sentirse útil y socializar”.

Sus últimas semanas fueron de dolor. Viajó al continente ya grave, con un cáncer que derivó en un cuadro multisistémico. Francisco recuerda que ella misma, con la lucidez de quien había trabajado toda la vida en un hospital, dijo que no quería vivir postrada, dependiente de otros. «No fue una muerte cualquiera. Su fe la acompañó hasta el final”, relata Francisco.

Queda la señora Rosa del puesto junto a la farmacia, la que acudía a cualquier llamado de urgencia sin mirar la hora, la que hizo reír en su propio funeral. Nunca buscó que la recordaran; le bastaba con estar. Y en ese estar cotidiano, sostuvo la vida entera de una familia y de una comunidad. Hay mujeres a las que ninguna historia oficial les reserva un lugar y que, sin embargo, sostienen el mundo con las manos agrietadas y la voz dura. Rosa Hotus Tuki fue una de ellas.

Cuentos escritos por Rosa para el Club de lectura y escritura Tātara ‘Ā’amu de Rapa Nui

instagram @leamosrapanui

LAS MUJERES DE RAPA NUI

‘ŌHEHOOOO! (es un grito de energía, de amor).
Saludos a las mujeres de este territorio que es Rapa Nui.
Nosotras todas, las mujeres, somos quienes dirigimos a las familias. Por eso, hay que mirar al cielo y agradecer a Dios.
Nuestra isla está en la mitad del mar. Las mujeres rapa nui, son mujeres muy capaces para guerrear a la hora de trabajar.
Y, nunca les falta trabajo: cocinar, cuidar a los niños, llevarlos al hospital, a sus clases, ir a la parcela, ir al mar y recolectar conchitas, corren en la festividad TĀPATI RAPA NUI para cantar, para bailar con el corazón, con compromiso… ¡¡¡Avancemos!!!

Diciembre 2023.

FELIZ DE SER MUJER RAPA – NUI

Agradezco al señor por haber nacido aquí en Rapa-Nui o Isla de Pascua. Nunca jamás voy a cambiar mi posición de mi tierra natal. Qué viva la vida que DIOS nos da, aceptar es un regalo. Ser mujer, ser esposa, ser madre de cuatros hijos, tres príncipes, y una princesa, abuela de seis nietos, dos varones y cuatros princesitas… qué mas quiero en la vida, lo tengo todo en la palma de mi manos. La vida es muy hermosa, el camino es largo, todos los días, es sacrificio, la ley de la vida es continuación, IORANA Mujeres de Rapa-Nui. DIOS LAS BENDIGA.

MAURU-URU.

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