Graciela Paté Tuki

Graciela Paté Tuki, 67 años, hija de Pedro Pablo Paté Pakomio y Carmela Tuki Tuki, es una mujer esforzada que se ha destacado por sus artes en la cocina. Por muchos años administró su restaurante propio, pero ahora decidió arrendarlo e inaugurar una “picada” en su casa en Puku Rangi Uka.  Su vida es la de muchas mujeres rapanui.

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us tareas designadas por mis padres. Yo empecé a sacar leche en la parcela de Elías Rapu cerca de los 7 Moai y en grupo sacábamos el taro (Manto de Eva) para la comida. Era divertido. También nos mandaban a lavar ropa a las cavernas en el sector de Roiho donde hay pozos de agua. Teníamos que usar unos tarros en donde traían la manteca del continente porque no teníamos otra cosa. Mi papá no nos mandaba al colegio, decía que él nunca fue y sin embargo aprendió a leer y escribir. Cuando Jorge Tepano Kaituoe salió elegido Alcalde, visitaba todas las casas y llevaba preso a los padres que no enviaban a sus hijos al colegio. Así fue que empecé a ir a estudiar  como a los 11 años. También lo pasé bien. Mi hermano me enseñaba a escribir en una lija que usaba para pulir los Moai que tallaba. Alcancé a llegar hasta quinto básico. Los domingos íbamos todos a misa y cuando terminaba, recuerdo que al costado izquierdo de la Iglesia había una piedra especial que algunos usaban como tarima para hablarle al público presente. Las monjas nos enseñaban el castellano y nos preparaban para los días lunes cuando, junto a nuestros padres, teníamos que ir a pintar la pirca en la calle y sacar los escombros que había. Todo el mundo ayudaba, era como el antiguo Umanga (trabajos comunitarios). Mucho después supe que eso eran los Lunes Fiscales.”

Si bien los nativos no estaban sometidos a trabajos forzados, el Lunes Fiscal era un modo de servicios de utilidad pública obligatoria y no remunerada que dispuso la Armada. Los hombres de 18 a 45 años debían prestar servicios a la comunidad durante todos los lunes del año. Según algunos fue instaurado en la década de los veinte, pero otros confirman que esto se impuso desde que la Armada asumió la administración de la isla en 1953 y se mantuvo hasta el año 1965. Graciela opina… “Aunque por un lado era bueno para la isla porque se mantenía limpia, yo lo definiría como un castigo, porque si no ibas, te llevaban preso. Recuerdo también que todas las familias tenían que izar la bandera chilena frente a sus casas. Eso era molesto porque los de la Armada se habían hecho amigos de los Rapanui, pero en esos momentos la amistad no valía, había que obedecer, si no te castigaban. Por ejemplo, nuestros abuelos vestían Hami (taparrabo de fibra de mahute), era su forma de vivir, su costumbre, en esos tiempos no había muchas cosas. Los de la Marina los trataban de cambiar a palo, a lo mejor no lo hicieron con maldad. Mis papás relataban el maltrato sufrido en los tiempos de la Armada ( (1953 – 1965) y en los tiempos de la hacienda ovejera Williamson & Balfour (1905 – 1952) , en ambos períodos se castigaba con azotes con cuero de animal. Yo alcancé a ver el castigo a unos que fueron  infieles, les colocaban unos palos con punta en V en el cuello para que quedaran inmóviles, envueltos con unas cadenas grandes. El Rapanui creció libre. Es algo brusco, pero libre y orgulloso de su etnia.”

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“En esos años los papás casaban a sus hijas entre los 12 y 14 años, incluso antes de la menstruación. Nuestras madres no sabían y si llegaba la regla, ello significaba que habíamos tenido relaciones con un hombre, y nos pegaban. Al casarnos muy jóvenes, el periodo llegaba y nadie se hacía preguntas. Como la autoridad estaba en el padre y los hermanos hombres, para pedir la mano, la costumbre era que el padre del novio visitara al padre de la novia y le demostrara que su hijo era capaz de cuidar a la pretendida enunciando sus bienes. Aquí los matrimonios no se casan por amor, es un acuerdo, un compromiso de vivir y trabajar juntos en las buenas y en las malas, aunque sea con golpes y sin mayores cariños, era un “tú me perteneces y yo te pertenezco y punto.” A una hermana mía la obligaron a casarse a los 14 años con un viejo de 50 y tanto con 6 hijos. Ese viejo era malo, le pegaba en la noche y ella, como niña inocente, se ponía a llorar. Le contamos a mi papá, pero él lo consideró una mentira. Bueno, él también le pegaba a mi mamá. Cuando el marido salía a pescar, a la mujer la encerraba en la casa con llave para que nadie la visitara. A los 16 años me embaracé, fue a causa de una violación, y mi padre me quiso casar con el responsable, pero por suerte su padre no aceptó. Después me presentó un viejo feo y cojo y yo me arranqué y me fui a vivir donde mi tía. Finalmente tuve 4 hijos de soltera, Mike, Jorge (quién fue adoptado por Alberto Hereveri Pakarati y mi prima Victoria), el Mou y Jorge segundo, quien murió hace 10 años.”

Corría el año 1966. Una base militar de la USAF (Fuerza Aérea de los Estados Unidos) con 120 hombres al mando del Coronel John Ashley, se instaló en Rapa Nui con el nombre de Centro de Investigaciones Ionosféricos ITT. De un día para el otro la tranquilidad y pasividad de la isla se transformó en alegría y muchos dólares. Más de cien isleños, hombres y mujeres, fueron contratados por los Marite (americanos) como choferes, para cumplir labores en el casino y en la construcción, con muy buenos sueldos. Hubo un desarrollo económico nunca antes visto en la isla. Graciela nos relata su experiencia: “Mi hijo Mou es hijo de Carl Moulton de la USAF que llegó en 1964 y se fue en 1970. Yo trabajé en el comedor del campamento por 4 años, ahí aprendí a cocinar a la americana. Los isleños lo pasamos bien con los norteamericanos, nos respetábamos y queríamos como amigos, muy distinto a la relación que teníamos con los chilenos. No sé cómo explicarlo, era otra forma de querer. Todos los sábados, los festivos, Navidad y Año Nuevo, había fiestas con bailes en casa de amigos o en el Open House del campamento. Todas aprendimos a cómo comportarnos, a relacionarnos y a querer de otra forma, con más respeto. Nacimos de nuevo. Ellos se llevaron a varias mujeres de la isla, pero se habrían llevado mucho más si el Padre Sebastián Englert  no se hubiera metido. Iba de casa en casa para decirles a las familias que sus hijas no debían casarse con extranjeros. Con el padre de mi hijo Mou aprendí lo que es el amor, el cariño, recibir una caricia. Él me quiso llevar y viajé a Santiago a casa del cuñado de mi hermano para que me sacara pasaporte, pero él decidió que no debía viajar. En Santiago conocí a mi futuro marido, René Herrera, trabajaba en el Terminal Pesquero. Yo pensé que, como era continental, mi vida iba a cambiar para bien, pero me equivoqué, fue peor. Tuve a mis tres hijos, Rosa, Patricia y Oscar y cuando mi hijo Mike se fue a Cuba para entrenar el buceo en apnea, ahí me separé. Hoy estoy  tranquila, feliz y contenta con lo que hago…servir a mi clientela una cocina buena y más económica que en el restaurante.”

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