Por Consuelo Martínez
Orietta nació en Santiago y de sus padres, cuenta poco: que su papá, Joaquín Rapu, dejó la isla a los diecinueve años. Que a su mamá la conoció en el continente. Que en esos años el vínculo con Rapa Nui dependía de un barco y su padre volvía a visitar a la familia al continente. Más tarde él se instaló definitivamente en la isla mientras los hijos seguían estudiando afuera, en un ir y venir de barcos y ausencias que ella no describe con nostalgia, solo como el orden de las cosas en esa época.

«Son muy buenos constructores los Rapu. Los niños crecimos viendo eso. A mí de chica me enseñaban a recoger piedras, a afirmar los palos y por ahí me fueron dando las ganas, porque la construcción parte de la tierra, no parte de otra cosa. Hasta los pololos que tuve de joven estudiaban construcción”, cuenta riendo. En su familia y en la isla, dice, ese talento se hereda por costumbre y observación.
Entró a las obras a los veinte y sin título, de la mano de su esposo de entonces, contratista, y se hizo cargo de faenas completas con el talento que traía en la sangre. Pero decidió que eso no le bastaba: «no, yo voy a estudiar.», dijo rotunda. Fue después de tener a su hijo Joaquín. Partió cursando el grado Técnico en Construcción en Valparaíso mientras estaba a cargo de la mitad de cincuenta y cuatro naves industriales, de cinco pisos. Del técnico pasó a Ingeniería en Ejecución y luego, a Ingeniero Constructor: la primera mujer de su generación en tener ese título universitario.
“Ser mujer en un ambiente casi exclusivamente masculino fue puro desafío”, recuerda. Recién iniciaba sus estudios cuando ya la llevaban a la oficina a explicarle las riostras y los cálculos. «Y de repente tenía que estudiar toda la noche, entender de qué se trataba el asunto, para al día siguiente dar las órdenes precisas.» En uno de sus primeros trabajos ningún contratista lograba perforar un terreno de puro fierro. Encontró a un viejito experto y fue a hablar con él, «Le dije: ¿sabe qué? tenemos tal problema, toda la gente se fue en collera al perforar. Y el viejito me enseñó: usted va a agarrar una broca chica y va a empezar con esa, porque después de la broca chica se empieza con las más grandes y ahí santo remedio.»
De ahí saca su filosofía completa: «Te tení’ que meter, tení’ que preguntar, no tení’ que sentirte mal si estás trabajando con gente. Todos somos trabajadores. Si tú barres, estás trabajando. Si yo estoy mirando cómo tú barres, es porque me tocó eso a mí. Pero no me tengo que sentir más que tú, porque para mí todos somos seres humanos.» No se permitía errores, ni se los permitía a nadie: «si te equivocas vas a tener que desarmar y a mí no me gustaba desarmar.» Se quedaba en la obra hasta el final de la jornada aunque no le correspondiera, entraba a las nueve y no se movía hasta las tres de la tarde, «porque me gustaba mirar». A diferencia de otros colegas que se relajaban apenas podían y la dejaban encontrando cosas mal hechas al volver. «Me daba rabia», dice. «No te cuesta nada levantarte e ir a mirar qué está haciendo la gente.»
Llegó a firmar obras de grandes edificios y la buscaban por eso. «No me gusta que tú eches a perder algo, porque es plata, es tiempo. Un día, un jefe llegó a mi negocio en Valparaíso y todos dábamos por hecho que hablaría con mi esposo. Pero fue directo a mí a pedirme que me hiciera cargo de una obra», cuenta riendo. Su primera obra como ingeniero constructor fue el hotel Hanga Roa, después la Escuela Lorenzo Baeza Vega, luego vino el hospital y otros proyectos en Viña del Mar.


«Me he separado dos veces, tengo tres maridos», dice, sin dramatismo. «Pasé por muchas cosas. Pero si me preguntan si sufrí, no. Siempre adelante, con risas y todo». Esa energía se nota al verla: setenta años recién cumplidos, que nadie le calcula. Viaja cuando puede, su destino favorito es República Dominicana, y de los cruceros reniega: demasiada gente mayor a bordo, dice, riéndose. Ha sido exitosa en silencio, trabaja callada, no busca figurar, y de sus títulos y negocios prefiere no hablar si no se lo preguntan. Tiene nietas en el continente a quienes disfruta cada vez que pasa por allá.
Recuerda que durante sus estudios empezó también un curso de buzo comercial, pero que tuvo que dejar a medio camino, sin dar la prueba final. «En el mar me he criado desde chica, me gustaba acompañar a mi padre a pescar, hacía haka nini en un terciado cuando niña». Hoy con su esposo actual levanta cabañas y un taller nuevo en su terreno, «para qué le vamos a pagar a alguien, si disfrutamos jugando a construir.»

Tiene además un negocio familiar cerca del aeropuerto donde vende lo que pinta: pareos, platos, poleras estampadas. Aprendió mirando, pintando los platos con el dedo, sin pincel, hasta que fue mejorando. Es un oficio que heredó de su madre «súper trabajadora», dice, y que traspasó a sus hijos desde pequeños. Pinta moai, ahu, palmeras, motivos del mar y todo se vende, pero lleva años sin sentarse a pintar. Tiene un atril que le regaló uno de sus hijos, todavía sin estrenar, y pinturas guardadas.

En sus hijos reconoce el mismo oficio. Roberto, Rodrigo, Joaquín, Alexis, Pamela, Grettel y Romina levantan sus propias ampliaciones, casas o talleres y le piden consejo a ella y a su esposo. Nane (Rodrigo) volvió desde Austria en agosto para construir juntos dos cabañas nuevas; con Joaquín tiene una relación de puro chiste, se saludan a gritos y risotadas cuando se encuentran por las calles de la isla. De su hijas dice que son trabajólicas, más que ella misma, y ahí sí no esquiva el mérito: «me siento orgullosa de mis hijos, porque al menos la lucecita se las di. Pamela partió vendiendo cosas pequeñas en el local de Roberto y hoy tiene su propio puesto en el mercado artesanal, que le va cada vez mejor».






Al iniciar su vida profesional muy pocas mujeres trabajaban en obras o estudiaban construcción. La niña que juntaba piedras y afirmaba palos terminó firmando los planos para ejecutar grandes edificios y fue la primera de su clan en sumar a ese talento heredado, un título universitario.
Hoy, cuando cruza la isla, ve su trabajo en los muros del hospital, en las aulas de una escuela, en las cabañas que levanta junto a sus hijos. La misma capacidad de observación que desarrolló de niña la llevó a titularse de ingeniera y ser la primera mujer de su generación en hacerlo. Hoy reparte su tiempo entre cabañas, el taller y las artesanías para el negocio del aeropuerto. En el atril, todavía sin estrenar, espera la pintura, que es lo que más disfruta: “quiero terminar mi vida haciendo lo que yo quiero”, dice.
