El secreto más bello de Motu Motiro Hiva – «El monte submarino donde la luz toca lo desconocido»

by Jan Maximiliano F. Tapia-Guerra – (Centro Científico ESMOI, UniversidadCatólica del Norte, Coquimbo.)

En los confines más remotos del Pacífico Sur, donde la inmensidad del océano parece no tener fin y el silencio es tan profundo como las aguas mismas, emerge desde el abismo un monte submarino sin nombre. Se alza como un titán dormido desde el fondo del mar, oculto bajo la superficie en las cercanías del Parque Marino Motu Motiro Hiva, en el entorno sagrado y solitario de Rapa Nui. 

Este monte, enclavado en la cordillera submarina de Salas y Gómez — una cadena de cumbres ocultas que conecta geológicamente a Rapa Nui con el continente — permanece inexplorado, como un capítulo aún no escrito en la historia natural del océano chileno. A más de cien kilómetros del punto más cercano de tierra firme, su cima roza los 100 metros de profundidad, justo en el límite donde la luz del sol todavía logra penetrar, creando un escenario de transición entre dos mundos. 

Desde su base, sumida en una oscuridad eterna, este monte cobija criaturas que apenas conocemos. Allí, en la zona abisal, se mueve el rape o pez rana del género Lophiodes, con su cuerpo extraño y su señuelo luminoso, esperando en las sombras a una presa descuidada. Cerca, los pejes ratas iridiscentes (Ventrifossa spp.) deambulan como espectros brillantes, emitiendo destellos metálicos que parecen salidos de un sueño. En ese mundo sin luz, los corales bambú y los delicados Primnoidae se alzan como candelabros de otro tiempo, conformando jardines minerales en la penumbra. 

Pero es al ascender por sus laderas cuando el monte revela su metamorfosis. Entramos a la zona mesofótica, un reino de penumbra encantada donde la luz menguante crea un ambiente de belleza misteriosa. Aquí, los primeros colores aparecen como susurros de vida: peces de la familia Callianthidae nadan con destellos naranjas y fucsias, como si pintaran el agua misma. 

Nos dan la bienvenida a un ecosistema donde el color será el protagonista. Corales látigo de hasta cuatro metros se ondulan como estandartes submarinos. Los Leptoseris, corales en forma de plato, se acomodan sobre las rocas como tejas marinas. Las algas coralinas pintan el fondo de un rosa tenue que se funde con los verdes intensos de algas foliosas, entre las que crecen rodolitos, esas formaciones calcáreas que parecen simples piedras, pero que en realidad son viveros de vida microscópica. 

Y entonces, alcanzamos la cima. A cien metros de profundidad, donde la luz toca por última vez el fondo, la vida estalla con una intensidad inesperada. Peces trompetas con sus cuerpos alargados y dorados se deslizan entre las algas. Peces jabalí, robustos y desconfiados, patrullan los bordes rocosos. Peces soldados, con sus ojos grandes y su rojo encendido, se agrupan bajo los salientes. Y lo más impresionante: cardúmenes inmensos del jurel negro de Rapa Nui (Caranx lugubris) se mueven como un solo organismo, ondulando con las corrientes, brillando bajo los últimos rayos del sol submarino. A su alrededor, tiburones de Galápagos surcan el agua con su poderosa elegancia, señores de este mundo sumergido. 

Este monte oculto no solo conecta ambientes — desde las zonas abisales hasta la capa iluminada —, también conecta historias. Muchas de las especies aquí presentes son también habitantes de los arrecifes someros de Rapa Nui. Lo que vemos en la cima de este monte es, en cierto modo, una extensión profunda del ecosistema costero de la isla. Es un testimonio de la continuidad biológica que existe bajo el mar, donde no hay fronteras visibles, pero sí relaciones vitales.

A pesar de estar en una región considerada pobre en nutrientes, este lugar es un oasis de biodiversidad. Y sin embargo, es frágil. Estos ecosistemas mesofóticos y profundos aún no están completamente protegidos, y su desconocimiento los hace vulnerables. Este monte, todavía sin nombre, es una joya natural que merece ser conocida, documentada y resguardada. Su existencia nos recuerda que, incluso en los rincones más apartados del planeta, la vida florece con fuerza, belleza y misterio. 

Descubrir este monte es como abrir una ventana a un mundo escondido, donde la ciencia se encuentra con el asombro. Es un llamado a mirar hacia abajo, hacia lo profundo, donde la naturaleza aún guarda secretos esperando ser contados.

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